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A otros enseñaron secretos que a ti no: Historias de segregación educativa en Chile

By January 21, 2019 No Comments

Columna publicada en The Clinic

A propósito de los ajustes a la Ley de Inclusión planteados por el gobierno, han corrido ríos de tinta. ¿Es ideológico hablar de justicia y educación? ¡Sin duda! Sobre todo si entendemos por ideología a aquel sistema de ideas, creencias y emociones que nos moviliza de manera más o menos permanente hacia un sentido determinado. Y en el caso de quienes escribimos estas líneas, es también biográfico, porque más allá de las estadísticas, las evidencias y las pruebas que nos permiten afirmar que la selección no es el camino adecuado para mejorar la calidad de la educación, nos daremos permiso para hablar de nuestra experiencia como hijas de la educación pública.

De colegio de barrio llegamos a liceo emblemático, llevando una libreta de notas que sería orgullo de cualquier mamá. Después del liceo, fuimos parte de esas familias que estrenaron su primera generación en la universidad. Estudiamos con becas y sin endeudarnos y hemos construido una trayectoria laboral coherente con aquello que podríamos llamar nuestra ideología.

¿Hay mérito en eso? ¡Por cierto! Así como también lo hay en la historia de cada vecino que superó las barreras que la pobreza le puso. Ese “salto” social no fue fruto sólo de nuestro esfuerzo individual ni de un talento académico que sea superior. Tuvimos privilegios; recursos que muchos niños del barrio no tuvieron, como familias comprometidas con nuestra educación, motivación permanente, y uno que otro libro y película que alguien nos mostró.

Lograr movilidad social, en nuestro caso, no ha sido para nada un jardín de rosas ni una experiencia que quisiéramos que vivieran todos los niños de Chile para acceder a una educación de calidad. Detrás del rendimiento académico hay harta sangre, sudor y lágrimas. Viniendo de familias que no tienen ninguna resonancia aristócrata —digamos que Cisternas y Jara no aparecen en el listado de apellidos más influyentes de Chile—, de mamás y papás que no tenían mucho más que el empeño y la convicción de que estudiar era importante; posicionarse en un mundo competitivo, demostrar que eres buena y no fallar, es una tarea no menor.

Porque la vida en un liceo emblemático tiene, como todo, sus luces y sombras: los años de tradición te hacen ser parte de algo valioso, crees que tienes la oportunidad de una educación de calidad, compartes con personas de territorios tan diversos que su sola presencia representa una ventana al mundo que no se cerrará jamás. Pero, como contraparte, el liceo emblemático te hace sentir que ese privilegio tiene su precio, que no tienes espacio para equivocarte ni para cuestionar; que en cada prueba te juegas parte importante de tu futuro y que la oportunidad que te dieron, en verdad, depende de tu esfuerzo cotidiano, de tu capacidad de demostrar que mereces estar ahí. Todas quienes pasamos por algún LCi, escuchamos, al menos una vez a la semana, que afuera había cientos de niñas esperando nuestro puesto, que si no nos gustaba la puerta era mucho más ancha que esa pequeña rendija que momentáneamente nos abrió la “meritocracia”.

Ese discurso debiese parecernos impresentable, precisamente porque el mundo avanza –o debiera avanzar— hacia comprender que la oportunidad de una educación de calidad tiene que ser para todos y todas, no para los casos excepcionales, no para quienes, por distintos motivos, resisten la presión, el estrés, el ninguneo permanente de escuchar que afuera hay mucha gente mejor que tú, la constante tensión entre vivir en el compañerismo o en la competitividad, todas experiencias que te tocan vivir con apenas 12 años de vida. ¿Ese es el modelo que queremos seguir reproduciendo? ¿Liceos buenos para los “buenos” y liceos malos para los “malos”? Ningún niño, niña o joven que viva en Chile tiene por qué demostrar que merece recibir una buena educación. Ningún colegio puede darse el lujo de desechar estudiantes porque su X condición complejiza la tarea educativa. Ninguna autoridad educativa debiera tomar decisiones que aumenten la segregación; muy por el contrario, debiesen dedicarse a la tarea de aunar voluntades, ideas y recursos para hacer que cada comunidad educativa tenga las herramientas necesarias para combatir la segregación. Sabemos que educar en la diversidad es un desafío muy complejo, pero confiamos en el profesorado, en los equipos directivos, en alianzas más robustas entre la academia y la escuela.

Hacer que cada colegio sea de excelencia, que en todo liceo se aprenda del error en vez de negarlo, que para cada familia y para cada joven la experiencia escolar sea un gusto y no una causa de estrés o una razón para mirar por encima del hombro a quienes vienen del mismo barrio, pero que, por alguna arbitraria razón, no accedieron a escuchar los secretos que había en esa cosa llamada educación. Eso sí que sería justicia. ¿Por qué no avanzar en esa dirección? La educación es un derecho, no un premio que se debe ganar por competencia.

 

Nicole Cisternas, directora de Política Educativa de Educación 2020.
Loreto Jara, profesora de Historia e investigadora de Política Educativa.

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